El expresidente Nicanor Duarte Frutos volvió a hacer gala de su particular verborragia política al presentar a su hijo, José Fernando Duarte Penayo, como una figura destinada a hacer historia en el Paraguay y en el Partido Colorado. Lo calificó, incluso, como “un patrimonio del Paraguay”. Una declaración que invita a preguntarse si el exmandatario confunde el legítimo orgullo de padre con el derecho de los ciudadanos a elegir a sus propios líderes.
Nicanor Duarte Frutos parece haber encontrado al próximo gran referente del coloradismo: su propio hijo. Y, fiel a su estilo grandilocuente, no se conformó con expresar sus aspiraciones familiares, sino que prácticamente anticipó el lugar que José Fernando Duarte Penayo ocupará en la historia política nacional.
El exjefe de Estado reveló que pidió a su hijo abandonar la presidencia de la Agencia Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior (ANEAES) para dedicarse plenamente a la actividad partidaria y construir su liderazgo dentro del Partido Colorado.
“Les aseguro que José Fernando va a hacer historia en el Paraguay y en el Partido Colorado”, sentenció, agregando que su hijo aceptó la propuesta con un sencillo: “No tengo problemas, papá”.
Hasta ahí, podría tratarse de una conversación familiar sobre aspiraciones políticas. Sin embargo, el expresidente fue mucho más lejos al calificar a su propio hijo como “un patrimonio del Paraguay”.
¿Patrimonio de quién, Nicanor? ¿Del Paraguay, del Partido Colorado o de la familia Duarte?
Porque una cosa es que un padre se sienta orgulloso de la preparación académica y profesional de su hijo, y otra muy distinta es pretender elevarlo públicamente a la categoría de patrimonio nacional, como si semejante reconocimiento pudiera otorgarse por vínculos de sangre o por voluntad paterna.
El liderazgo no se hereda
En una democracia, los liderazgos políticos no se transmiten mediante apellidos, recomendaciones familiares ni bendiciones de expresidentes. Se construyen con trayectoria, compromiso, capacidad, propuestas y, fundamentalmente, con el reconocimiento de la ciudadanía.
José Fernando Duarte Penayo tiene pleno derecho a abandonar la función pública e incursionar en la política partidaria. También tiene derecho a aspirar a cualquier cargo para el cual reúna los requisitos legales.
Lo que no corresponde es que su padre pretenda presentarlo como una figura histórica antes siquiera de someterse al juicio de los electores.
El propio Duarte Penayo cuenta con formación académica y experiencia institucional. Actualmente figura como presidente del Consejo Directivo de la ANEAES.
Precisamente por ello, debería tener la oportunidad de demostrar sus méritos sin necesidad de que su padre le construya anticipadamente un pedestal político.
La política paraguaya ya arrastra demasiadas prácticas personalistas, estructuras familiares de poder y liderazgos sustentados más en apellidos que en resultados.
¿Necesita realmente el Partido Colorado otro liderazgo impulsado desde el árbol genealógico de un expresidente?
Entre la soberbia y el paternalismo político
Las expresiones de Nicanor Duarte Frutos reflejan una concepción de la política en la que ciertas figuras parecen sentirse autorizadas a decidir quién está destinado a conducir el país.
El problema no es que quiera ver triunfar a su hijo. Eso es perfectamente comprensible. El problema comienza cuando transforma ese deseo personal en una especie de proclamación nacional.
Paraguay no necesita nuevos mesías políticos, mucho menos candidatos a próceres promocionados por sus propios padres.
Necesita dirigentes capaces de comprender las dificultades de la población, generar oportunidades, defender las instituciones y ofrecer respuestas concretas a los problemas del país.
Ser hijo de un expresidente puede abrir puertas y facilitar contactos dentro de las estructuras partidarias. Pero no concede automáticamente autoridad moral, representatividad popular ni capacidad de liderazgo.
La historia la escriben los hechos, no los padres
Nicanor Duarte Frutos debería recordar que el reconocimiento histórico no se decreta desde un micrófono. Se conquista con hechos y se consolida con el juicio de la sociedad.
Si José Fernando Duarte Penayo posee las condiciones excepcionales que su padre le atribuye, tendrá que demostrarlas en la arena política, lejos de las comodidades de la proclamación familiar.
Será el pueblo paraguayo, y no Nicanor Duarte Frutos, quien determine si merece ocupar un lugar destacado en la historia nacional.
Porque el Paraguay no es una herencia familiar, el Partido Colorado no es patrimonio de un apellido y la historia de la República no se escribe por recomendación de papá.
